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Fue ayer. Todos comentaban lo pedante, lo frío, lo soberbio, lo insoportable que estuvo con todos durante esa semana, y esperan que ya no vuelva. Pero yo divido esta semana en dos partes: una mala y una buena. Y sé que ahora va a venir, y más seguido… Momento, mejor primero les cuento algo de Tito, sino va a ser difícil que entiendan porqué me acuerdo de aquel sábado. Se fue en octubre de 2001, un par de meses antes que todo se derrumbara. Era lo mismo: el mundo de Tito se había derrumbado de a poco, con aviso y en cámara lenta. Cerró el negocio cuando fabricar un par de ojotas ya le salía más caro que comprar dos pares “made in China”. La ex mujer ya se había patinado su propia indemnización y lo volvía loco con el tema de la nena (una preciosura de dos años en aquel entonces), así que cuando en septiembre los dos mocosos dados vuelta y enfierrados le hicieron pasar cinco horas infernales mientras le desvalijaban el departamento, tomó la decisión sin dudar. Un mes después se iba a Ottawa, con 26 años y lo puesto, para empezar todo de nuevo. Le fue bien. Siempre fue inteligente, en el secundario a veces se llevaba alguna que otra materia de vago, pero después las daba casi sin prepararlas. Estudiaba poco y le sobraba paño. Ninguno se sorprendió cuando se recibió de Licenciado en Administración. Y en Canadá el título le fue tan útil como los parientes que lo albergaron durante los primeros meses, cuando no tenía ni dónde caerse muerto. Entró a laburar en una empresa muy grande, se adaptó rápido al frío y al idioma, y hasta formó una familia.

Y final feliz. Para él, porque más allá de que todos nosotros (todos nosotros somos el Gordo, Rata, Jorge y yo, los inseparables de tantos años) nos alegramos con su nueva vida, no la pasamos nada bien las veces que vino de visita. Se las rebuscaba para viajar una vez por año, siempre para el cumpleaños de la hija. Se quedaba una semana, y nos juntábamos todo lo que podíamos. Esperábamos mucho esos encuentros. Asados (los jueves a la noche seguían siendo fija para el asado con los pibes, por más que “los pibes” ya tuviéramos cerca de 40), salidas, reuniones con las familias o solos, y por supuesto recuerdos al por mayor. Lo normal. Las primeras veces no pasó de alguna discusión. Todos entendimos: el tipo se fue mal, afuera remontó, ¿cómo no va a parecerle todo esto un asco? Que los trenes allá llegan a horario, que dejás la puerta abierta, que la educación es de primera, que hay laburo, guita, etc. Y Argentina, por supuesto, es un lugar muy parecido a Ruanda: miseria, falta de educación, precariedad, corrupción, servicios públicos deplorables, y mucho pero mucho peronismo. Una ventaja relativa de Ruanda, de acuerdo al pensamiento de Tito, es que por lo menos no hay argentinos. La salida es Ezeiza, etc. Cuando Jorge le mostró el auto nuevo le dijo lo siguiente: “En Buenos Aires no podés andar por la calle con un cero, andá a venderlo antes que te secuestren”. Nos reímos y lo tomamos para la joda un buen rato. Al año siguiente, cuando Jorge le contó que efectivamente le habían robado el coche, Tito nos miró sin sonreír.

El problema es que, después de un tiempo, deja de ser gracioso y se vuelve molesto: no sé cómo se sentirían los ciudadanos de Ruanda si les recordaran una y otra vez sus desgracias para después irse volando al Primer Mundo, pero a tipos como el Gordo les molesta bastante. Por lo demás, era evidente que Tito estaba distinto: hablaba menos, se lo veía más distante, casi no aportaba cuando nos poníamos a recordar las anécdotas de siempre. Parecía haber cambiado la perfecta y simpática ironía que siempre manejó (y que tan popular lo había hecho cuando éramos pibes) por otra cosa: una especie de desencanto, mezclada con algo así como superioridad… no sé en realidad cómo definirlo certeramente. Estaba como de vuelta de todo, pero además parecía insinuar que no había nada interesante en lo que nos esperaba. Mi clásica tendencia componedora (Rata en tercer año me había apodado “Samoré”, por el cardenal que medió en el conflicto con Chile) chocaba con la creciente hostilidad de Jorge y el Gordo. Por suerte siempre estaba Rata, que te anima hasta los velorios, para levantar un poco la cosa. Pero de a poco los encuentros anuales con Tito se fueron volviendo tensos. Su nueva mujer no ayudaba en nada: una chilena fría, callada, soberbia e inteligente. Para colmo era diez años más joven que Tito y tenía un culo bárbaro, pero bárbaro en serio. Así que la mina nos incomodaba a todos cada vez que venía.

Hasta que llegó este último viaje. La primera parte, esa que sin dudas es bastante mala, arrancó el jueves a la noche en lo del Gordo. Estábamos haciendo el asado cuando Sofi (la hija mayor del Gordo) dijo algo así como que quería estudiar abogacía cuando creciera. La chilena le contestó que en este país lo que le convenía era tener muchos hijos y cobrar planes. No sé si fue una joda (con esa tipa era imposible saberlo) pero la esposa del Gordo (que como no es ciega también había visto lo buena que estaba la chilena, y le había sacado el cuero junto al resto de nuestras respectivas señoras) reaccionó como si no lo fuera. La cosa fue subiendo de tono, se metió el Gordo, acotó Jorge, y todo se fue literalmente al carajo. Que si te gusta tanto Canadá andate allá a ver si conseguís este asado, que ustedes son unos argentinos envidiosos porque a mi marido le fue bien, que nosotros acá nos quedamos poniendo el pecho mientras algunos se escapaban como ratas, que las únicas ratas son las que veo por Buenos Aires entre la basura, que vos flaquita de donde saliste y desde cuando te hacés la exquisita si también sos sudaca… en fin. Tito agarró las cosas (incluida la chilena, y el culo de la chilena) y se las tomó.

El viernes nos juntamos, sin Tito obviamente. El Gordo decía que para él se había muerto, que no había que hablarle más, y enumeraba los desaires desde 2001 a la fecha. Todos le dábamos la razón. Hasta Rata. En realidad estábamos amargadísimos. Se nos iba algo importante, algo antiguo, y no sabíamos si íbamos a volver a verlo. El domingo se volvía a Canadá.

De todas formas, el sábado temprano lo volví a llamar para ir a la cancha. Ya me había dicho que no, pero me tiré un lance. En parte por mi hijo, Juan, que me había preguntado ilusionado si el tío Tito iba a poder acompañarnos (el mocoso había escuchado de mi boca algunas de nuestras andanzas pasadas en la tribuna). Así que me tragué el orgullo y lo llamé. Se ve que no tenía mucho que hacer, o que extrañaría el ritual futbolero (no iba a la cancha hacía diez años, y me decía que en Canadá ni miraba por TV ni buscaba en Internet cómo salíamos) porque aceptó de mala gana. Tres y media lo cargué a Juancito, pasé a buscarlo y arrancamos. En el camino casi no hablamos. Además de la tirantez derivada de la discusión del jueves, no teníamos mucha esperanza en poder ganar (al menos los dos mayorcitos), como cada vez que jugamos contra los quemeros. Ya cuando estábamos entrando se animó un poco. Me preguntó por algunos personajes de la tribuna, le mostré la popular nueva. La miraba incrédulo: “¿Estos amargos se equivocaron de cancha? ¿O cómo no pelean aunque sea una promoción ni vienen?”. A pesar de todo me sacó una sonrisa. Le expliqué lo mejor que pude todo lo inexplicable: la prohibición de los visitantes, las idas y vueltas con las promociones, y todo el circo vergonzoso de estos años. Asintió en silencio, con tal cara de suficiencia primermundista que tuve ganas de hacer como el Gordo y mandarlo a cagar. El primer tiempo fue típico. O sea, un dolor de ojos. Tiramos un par de centros, manejamos la pelota y no se nos cayó una idea. Ellos hicieron la de siempre contra nosotros: se metieron atrás y nos tiraron la camiseta. Y, como es habitual, les funcionó a la perfección: el dos se resbaló, se la dejó a un amargo de ellos y a los 45 estábamos uno a cero abajo. Mi amigo miraba el partido de la misma forma en que yo calculo que miraría un partido de golf: sin ningún tipo de interés, desganadamente. En el entretiempo fajaron a dos pobres tipos que parece eran de Huracán. Lo vi a Tito contemplarlo a mi nene con pena y algo de temor, como preguntándose cuándo ligaría la criatura un cascotazo, por culpa de su padre irresponsable que llevaba al hijo de 7 años a ver un partido de fútbol en “Ruangentina”. Me hinchó bastante las pelotas, así que le pregunte de mala manera: “¿En Canadá esto no pasa, no?”. Él retrucó con una mirada lastimosa, como a un primate subdesarrollado. Bajé cinco tablones y me puse a charlar con el Viejo Julito, como si me parecieran de la mayor importancia sus carajeadas a cada jugador, hincha y dirigente nuestro. En el fondo estaba triste, y no sólo por el resultado.

El segundo tiempo, extrañamente, el partido mejora. A los quince lo empatamos de tiro libre. Es habitual: para sufrir en serio, primero tenés que ilusionarte. “Ojo, que con Huracán parece que lo vamos a dar vuelta y nos vacunan siempre al final” me dice Julito después del empate. Es cierto. Pero no importa. En la cancha buscamos el triunfo, y ahora sí les generamos situaciones. Ellos salen de contra y se arma un partidazo. Vamos para adelante con todo, la gente alienta, y de repente (cada tanto todavía me pasa, aunque mucho menos que antes) me olvido absolutamente de todo lo que me rodea. Buscamos de todas las maneras, el arquero de ellos saca varias, y empujamos cada vez más. El ladrón a sueldo que arbitra da tres minutos de adición, y acá es cuando siempre nos vacunan… pero hoy no. Gritamos y saltamos como cinco mil alienados, desaforadamente, vamos a ganarles de una puta vez, carajo, vamos a torcerle la mano a esta racha eterna, sin parar, dale, hoy ganamos, corran, metan, jueguen, piensen, nosotros alentamos hasta escupir los pulmones, ustedes corran hasta romperse las piernas… y, al revés que siempre, llega la corajeada, el centro atrás (como se debe, de primera, tomando a contrapierna a la defensa contraria) y la definición perfecta, furiosa, contra un palo, para soltar los cinco mil gritos que son uno solo, un único e interminable gol agónico. Me abrazo con todo lo que tengo cerca, me doy vuelta, y ahí los veo. La segunda parte del viaje de Tito, la importante, la buena, dura menos de quince segundos. Arranca cuando lo veo abrazado a mi hijo, eufórico, con la boca llena de gol, encontrándose con mi mirada y diciéndome sin hablar, con sus ojos brillosos, cuánto extrañaba esto, cuánto me duele haberme ido, sabés que bravo es pelearla solo, con la tristeza de haber triunfado pero en otra parte, allá donde no importa, lejos de mi hija, lejos de aquellos picados interminables en el potrero de Trelles, de los eternos asados de los jueves, de aquellas tardes en que nos rateábamos del colegio para venir a la cancha a gritar los goles con los que supimos salir campeones, ¿te acordás cuando saltamos a la cancha y dimos juntos la vuelta? ¿Cuánto vale ese día? No sé Tito, en pesos, en dólares o en francos ruandeses, no hay como pagarlo… Nos abrazamos y me dijo solamente una cosa: “Gracias”.

Ayer (dos semanas después), como todos los jueves, nos juntamos a comer con los pibes. Jorge lo nombro a Tito. “¿Vendrá este año?”. Rata le contestó que seguro no iba a llamarnos cuando volviera. Y entonces empezaron a repasar el último viaje, a carajearlo por lo que hizo. Hasta que hablé. “Va a volver”, les dije, “más seguido que antes”. Me miraron sin entender, y les mostré un mensaje en mi celular. Era de Tito. “En la semana te mando una foto, andá y haceme socio de vuelta. Comprame la camiseta. Y avisale al Gordo que el vacío me gusta bien cocido”, decía. Los pibes sonrieron y empezaron a prender el fuego.
Nicolás Monja

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