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Siempre es un tema de debate, eso de qué equipo es mejor: Sí aquel qué tiene muchos hinchas o el que ganó muchos títulos. Generalmente solemos discutir con los muchachos sobre ese tema, por lo general cuando compartimos un asado o nos juntamos para un fulbito, eso sale siempre. El Rengo dice que el mejor equipo, es el que tiene más hinchas fieles. Pero el Mudo le retruca siempre que no es así y que eso lo dice porque su equipo ganó su último título en el período cretácico. Raúl, en cambio, afirma que lo mejor, es una combinación de hinchas y de campeonatos. Pero al “raulo” nunca le damos pelota, porque siempre te sale con teorías neutrales y tibias. Nosotros somos extremistas, es blanco o negro, no jodamos. Además Raúl es un amargo al que hay que rogarle para que te corra una puta pelota en cualquier picadito. Pero ojo, siempre debatimos lo más bien. Muy normal, alguna que otra piña que vuela  —cómo en toda sana discusión futbolera— pero la cosa nunca pasa a mayores.

—Un club con pocos hinchas es cómo ir a un velatorio en vez de a una cancha, no hay emoción hermano—  aventuro el mudo, caso curioso porque compartimos el sentimiento por el mismo equipo y nunca lo he visto cantar o ni siquiera putear adentro de una cancha.

—Todo muy lindo mudo, está muy hermoso tener una hinchada numerosa— le contesto Enrique—  pero sino ganaste nada, no existís viejo. Es como tener la pinta de Echarri y seguir virgen a los 40 años

—Echarri me parece horrible, dame otro ejemplo —respondí

—Pero Gordo, a las minas las calienta cómo pava —comento Miguel

—Bueno, Brad Pitt ¿Ese te gusta más? —volvió a la carga Enrique.

—Siempre terminan hablando de chongos ustedes dos  —dijo Adrián que recién llegaba al asado.

— Viniste justo, anda con las minas a preparar la ensalada —lo saludo el Rengo.

—Estábamos hablando del tema, de que vale más, sí tener muchos hinchas o muchas copas -lo introdujo al tema Enrique.

—Vos que no tenés ninguna de las dos cosas —agregue yo.

—Vos cállate pingüino —se defendió Adrián.

—Acá Enrique decía que le gustaba Echarri y al gordo Brad Pitt —detallo Juanma mientras le sacaba la piel a un salamín.

—Para mí el tema es como el huevo y la gallina —volvió a la carga Enrique.

—Justo vos que tu equipo no tiene huevos y son gallinas —dijo con cierta sorna el mudo.

—Nunca nos vamos a poner de acuerdo —minimizo Enrique el embate del mudo.

—Es un tema complejo —comente

—A ver… ¿Cuándo viste que un equipo gane un título por hinchada? —comento Miguel mientras acomodaba un par de carbones.

—Es que eso no lo ves, lo sentís —respondió Adrián.

—A vos siempre te gusta sentirla —dije picaronamente.

—Para mí es una combinación de títulos e hinchas —comento Raúl.

—Entonces hagámonos hinchas del Real Madrid y a la mierda con todo —le respondí.

—O del Barcelona  —respondió el mudo

—Ese es otro tema, si son muchos pero amargos y fríos no sirve la cosa. —volvió a la carga Enrique.
—Anda a decirle a uno de los plus ultras del real que es un amargo —le conteste alarmado.

—Me refiero a los europeos en general gordo —se desentendió del asunto Enrique— además esos de los plus ultra son barras pero con mejor prensa. Los barras no cuentan como hinchas, están por la guita.

—Yo creo que formar un estilo vale más — enfatizo Raúl— fíjate la Holanda del ’74, nadie ni sabe cómo son sus hinchas  y ni siquiera gano algo…

—Estamos hablando de otra cosa Raúl —lo freno en seco Adrián.

—Si pero que se yo… —musito Raúl mientras tomaba un vaso de gaseosa dietética.

— ¿Cuándo te vas a hacer hombre Raúl? —Inquirió risueño Enrique— sos medio pecho jugando, sos hincha de un equipo pecho y en los asados tomas coca light.

—Si toma vino, el alcohol le calienta el pechito —dije.

—Tomate un fernet, un tinto, algo pero la coca light con el asado es de puto —volvió a la carga Enrique.

— ¿No querés que tiremos unos vegetales a la parrilla para el maricón este? — dijo el Miguel mientras cortaba un pedazo de carne en la parrilla.

—Pero porque no se van a cagar un poco —se hizo el indignado Raúl—claro conmigo todos se ponen de acuerdo para tomarme de boludo y en cosas importantes como el fútbol no.

— ¿Desde cuándo el fútbol es importante para vos? —dijo Horacio, quien hasta ese momento estaba callado absorto en la lectura de un diario deportivo.

—Acá esta lista la ensalada — irrumpió Paula, la mujer de Miguel— ustedes siempre discutiendo eh.

—Y el fútbol es así señora —le contesto el mudo.

—En lo único en lo que nos ponemos de acuerdo es en que Raúl es un pecho — comente al margen.

—Parecen chicos discutiendo así, porque no se relajan, hagan yoga —comento Paula, mientras su marido la miraba con un poco de odio.

—Es que el fútbol es nuestra única fuente de relajación —comento Enrique— y como toda fuente, genera dudas existenciales.

—Ay pero se pelean a los gritos todo el tiempo —respondió Paula mientras revolvía la ensalada— ¿si tienen dudas existenciales porque no acuden al gran maestro Yoshiro Khal? A nosotros nos ha ayudado en más de una ocasión.

Casi todos al mismo tiempo giramos y sonreímos al mismo tiempo para donde estaba Miguel en la parrilla. Puso una cara de cómo cuando a un arquero le meten un gol boludisimo. Pobre Miguel, no sabía a dónde meterse, estaba más a la parrilla que la propia carne que estaba asando. El calor de las brasas no lo había puesto tan colorado como las palabras de su mujer.

—Es tan sabio el maestro —continuaba su parloteo la mujer— es un divino.

— ¿Y por qué no te casas con él? —salió con los tapones de punta el marido.

—Mira, si lo hubiese conocido antes que a vos ni lo dudaba eh —lo corto la mujer con gravedad.

— ¿Pero este hombre sabrá sobre fútbol? —pregunto Enrique como interesándose por el tema.

—Pero que va a saber ese chino…—comento con una risa despectiva Miguel.

—El maestro sabe de todos los temas, es uno de los iluminados más grande de este planeta —lo adulaba la señora—además está radicado en el país desde hace cinco años ¿Por qué no lo van a consultar? A Miguel ya lo conoce.

Cuando Enrique parecía que iba a preguntarle algo, Natalia, la mujer del Mudo la llamo a Paula desde la cocina. Esta giro sobre sus talones y se fue para allí. Se hizo un silencio entre nosotros. Como ese silencio que antecede a una tormenta. Miguel ya se venía venir todo tipo de gaste por parte nuestra, se hacia el boludo cambiando de lugar un carboncito. Pero fue Enrique el que corto el silencio.

—No es mala idea esa eh — dijo sorprendiéndonos a todos.

— ¿Qué cosa? —atine a preguntar

—El de ir a preguntar esto al maestro chino ese— dijo pensativo Enrique. Todos sabíamos que a “Quique” le gustaba eso de las terapias alternativas y toda esa bola de sabiduría oriental y qué se yo. Había estado de novio con una hippie que se lo llevaba de campamento dos por tres para burla de todos los muchachos.

—Pero vos estas más en pedo que Miguelito —lo freno Horacio.

—Te digo en serio —se defendió Enrique.

—Dale, ya te pego mal el tinto —le dijo el mudo.

—Anda diciéndole al gordo que te alcance hasta tu casa, así no podes manejar —comento Adrián.

—Pero no boludo, es en serio lo que digo —comenzó la explicación Enrique— Si ese chino o ponja es tan sabio como dice, nos va a decir la posta, además tené en cuenta que no está ligado al futbol, le debe chupar bien un huevo Boca o River…

—Es buena eh —comente.

—Acá lo importante señores, es que el gobernado de miguelito va a un chino para que le tire el cuerito y nadie aun le dijo nada —desvió completamente la charla Adrián.

—Vamos a comer ahora, después me pelotudean todo lo que quieran —dijo Miguel con algo de bronca.

Primero vinieron las mollejas, después los choris, la carne. La charla paso del tema del fútbol al de las minas, el trabajo la política. Uno en un asado con amigos se transforma en un especialista en todo. Cualquiera puede reflexionar sobre cualquier tema, como un filósofo de la calle. Porque para mí, la mejor escuela de filosofía es la calle, los amigos, el fútbol. No volvimos a tocar el tema de las hinchadas o las copas ese día.  Nos quedamos hasta tarde —ya que al otro día era feriado— divagando sobre todo, hasta que vinieron las mujeres y nos rompieron os huevos. Fue el momento propicio para que los solteros y los divorciados volaran. El resto nos quedamos ahí, encadenado no sé a qué video pedorro de la fiesta de 15 de una sobrina del Migue.

No fue hasta el miércoles siguiente que volvimos a tocar el tema luego del partido de papi de los miércoles.

— ¿Cómo no vamos a perder? —Despotrico el rengo contra el Mudo— mira la camiseta que tenés puesta, no tenés hinchas y tampoco piernas.

—Pero tengo copas, vos no tenés  ni copas ni vergüenza porque te comiste cinco goles boludos —se defendió atacando el Mudo.

—Los títulos los podes comprar como tu equipo compra árbitros —se enojó el rengo.

— ¡Pero cállate caradura!

—Cállate vos amargo, sin hinchas

—Basta muchachos —intento serenar Enrique

—Vos no te metas virgo —se calentó el rengo

Yo iba a intervenir, pero estaba exhausto, había hecho el último gol del partido, tras una corrida de media cancha. En cualquier momento escupía los pulmones, no en vano me dicen el Gordo.

—Te lo digo en serio pelotudo —Enrique ya se había prendido el primer pucho post partido— podemos solucionar esto sin cagarnos a trompadas.

—No me vengas con lo del chino ese —comente medio jadeando.

—Yo te digo que es la mejor solución —dijo Enrique mientras destapaba una cerveza— el tipo es una eminencia, no es del palo del fútbol y nos va a batir la justa.

—Yo te apuesto que el chino va a decir que los equipos con más hinchas —se sonrió el mudo— el hincha va más para el lado de la espiritualidad, ganar copas es más materialista.

—Pero cerra el culo mudo —arremetió todavía con bronca el rengo— Las copas ganas tiene que ver con la gloria, no entendes nada vos, con razón sos hincha de un equipo pingüino.

— ¿Cuánto querés apostar que el ponja dice que la hinchada vale más?— dijo el mudo mientras se levantaba.

—Apóstale la cola, rengo —tiro Horacio.

—No, la cola la tiene re baqueteada —apoye yo.

—Te apuesto dos asados para todos los muchachos— dijo el rengo mientras todos gritábamos.

—Cagón aposta un poco más, cagón —subió la apuesta el mudo.

No hay nada mejor que para arreglar un asunto que una apuesta de por medio. Porque si no la cosa queda en la nada. Uno podrá tratar temas importantes con los amigos, pero se suelen olvidar fácil, pero cuando hay una apuesta de por medio todo cambia.

—Mira que el maestro te cobra como dos lucas la consulta eh —dijo Miguel, quien hasta el momento estaba callado en una punta de la mesa. Desde que su mujer había tirado el tema del “maestro”, Miguel se “escondía” y trataba de no abrir la boca por temor a que todos estos verdugos lo carguen hasta el cansancio.

—Nunca nos contaste para que fuiste allá con tu mujer —inquirió Juan Manuel.

—Mira, te voy a ser sincero, las cosas con Paula estaban muy mal —comenzaba a explicarnos Miguel mientras suspiraba— estábamos por divorciarnos, eran peleas todos los días...

—Es que a vos te tiene cagando.

—Sí que se yo, puede ser —continuo Miguel— el tema es que estaba todo mal, ya prácticamente ni nos hablábamos, estábamos juntos por los chicos nomas. Hasta que un día, una amiga de ella, de la clase de yoga, le hablo de ese tipo. Que nos podía dar una mano, aconsejarnos y darnos armonía. Fuimos, hablamos con el chino este. Nos dijo dos palabras y acá estamos con Paula.

— ¿Cuánto te cobro? —quiso saber practico Enrique.

—Y fue hace un par de años, no sé cuánto estará ahora, pero esa vez nos cobró dos lucas —dijo pensativo Miguel.

—Te hubieses comprado una caja de viagra —disparo Juanma— seguro que no se te paraba.

—Dale boludo…

—Bueno, podríamos poner guita entre todos para la consulta —volvió a tomar las riendas de la conversación Enrique— después el perdedor nos devuelve a todos la plata y encima se paga un asado ¿Qué tul?

—Por mí no hay problema —se envalentono el mudo.

—La verdad que no se… —empezaba a dudar el rengo—son dos lucas hermano, no se…

—Dale cagón, tu señora no se va a enterar —lo ataco Juanma.

—Este gonca no va a aceptar, porque sabe que yo o tengo razón —alardeo el mudo.

—Tírame a goma vos —se levantó el rengo— dale acepto.

—Todo muy lindo pero ¿quiénes van a ir?— opino Miguel— el maestro Yoshiro Khal solo acepta consultas de a dos personas, no podemos caer como cincuenta monos ahí.

—Hagamos como se eligen milenariamente a los guerreros —dijo Horacio mientras mezclaba un mazo de cartas— Tiremos los reyes como en el truco.

Horacio empezó a repartir, el primer Rey me tocó a mí, era el 12 de oro. Me quería cortar las bolas ¿Qué carajo iba a ser yo allá? Seguramente iba a quedar como un pelotudo, hablarle de fútbol a un gran maestro de la sabiduría era ridículo. Además mucho que no creo en esas cosas, soy católico pero tampoco soy muy practicante que digamos. La última vez que me confesé creo que fue hace como 20 años y no sabía que decir al cura. Lo que me tranquilizo bastante fue que el otro rey le había caído a Enrique. Con el si me animaba a ir, era un tipo de mundo y además como ya lo dije anteriormente, estaba más curtido con esto de la espiritualidad. Nos habíamos puesto de acuerdo en que el próximo partido de papi íbamos a juntar la plata y que en la semana, Miguel o su mujer iban a llamar para pedir una entrevista con el gran maestro.

El miércoles siguiente, llegamos a jugar el partido como todas las semanas. Después del partido, Miguel nos contó que la consulta seguía costado dos mil pesos, pero el turno más cercano era para dentro de un mes, aun así había que pagar por adelantado. Todo muy espiritual pero el maestro era bastante capitalista. El Rengo y el Mudo seguían gastándose por dicho tema. La verdad es que a mí también me interesaba que este tipo pudiese decirnos la verdad, en eso Enrique tenía razón: el tipo estaba alejadísimo del fútbol, no era hincha de ningún equipo de la Argentina, y con sus ochenta años era muy difícil que sintiera simpatía por el fútbol argentino. Si ni siquiera salía del edificio en donde se encontraba. Que iba a ser neutral iba a ser neutral.

Esa noche me puse a buscar más datos por internet. Yoshiro Khal era una eminencia, un gurú de lo mejor que había en la actualidad. En efecto, era chino pero durante toda su juventud vivió en Japón, donde encontró su vocación de gran maestro. No se llamaba Yoshiro Khal, sino que su nombre verdadero o de nacimiento, era Liu Hang Kung. Era como nos habían dicho, unos de los cerebros más brillantes de oriente, recorrió más de 120 países hasta que recalo en la Argentina, en donde dijo que se quedó por la espiritualidad de su gente. Me sonaba medio chanta, pero el tipo salió en la tapa de la revista Times una vez  y además, según leí, estuvo a esto de ganar un nobel de la paz.

El día de la consulta, habíamos quedado que Enrique me iba a pasar con su auto. El edificio donde Khal atendía a sus devotos quedaba en Palermo, por la avenida Libertador, ningún boludo era el gran maestro. Enrique venia vestido con una chomba pique amarilla, pantalones de corderoy verde y unos anteojos oscuros. Era un bacán. Yo en cambio parecía un elemento representativo del sistema capitalista. Traje gris, con una corbata al tono, desanudada casi hasta el pecho. Subí al auto de Enrique y enfilamos por la avenida 9 de Julio. Hicimos Santa Fe, hasta Callao y ahí, Libertador. En el viaje, cortito pero con bastante tránsito, hablamos de los muchachos, de lo pechofrio que es Raúl y de esta entrevista. A Enrique se lo notaba bastante contento por ver al gran maestro. Se notaba a leguas que su amor por la Hippie todavía no había mermado.  Habíamos llegado. Era un terrible edificio, un castillo moderno de la hostia. A uno no le alcanzaba el cuello para ver el edificio entero. No era todo propiedad del chino este, obviamente,  él vivía en el último piso y había hecho una especie de santuario en la terraza, donde recibía a sus “alumnos” o a los boludos como nosotros que lo íbamos a consultar.

Bajamos del auto, Enrique se acercó al portero eléctrico, que brillaba más que la misma tarde. Una voz metálica con un acento netamente oriental nos invitó a pasar, el chillido de la puerta nos avisó que debíamos entrar. El ascensor era tan espacioso que tranquilamente podríamos jugar un picadito de futbol 5 ahí. El ascensor se detuvo y abrió sus puertas con la suavidad de dos almohadas. Una vez en el pasillo, giramos hacia la derecha y nos paramos frente a la puerta de madera que era más baja de lo normal. A los lados había dos dragones o lo que yo imaginaba que eran dragones. Uno tenía abajo de su pata delantera derecha, una pelota. Enrique me dijo que no era una pelota, sino una perla de no sé qué mierda, que era un símbolo de la cultura asiática. La verdad es que me dijo su nombre, pero no lo recuerdo.

Nos recibió una persona joven. Aunque sinceramente es medio difícil adivinar la edad de un chino. Estaba vestido con una bata, pero tenía una especie de faja. Enrique a la vuelta me diría que eso se llama “pien-fu”. El chinito se sonreía por todos lados. Nos invitó a sentarnos en un espacioso recibidor. Nos preguntó si queríamos tomar algo. Tanto Enrique como yo, nos negamos cordialmente. El chinito nos comentó que el gran maestro estaba terminando de meditar y que ya nos guiaría a su lugar. Hubo un silencio incómodo. Yo observaba la decoración del lugar. Había una gran alfombra persa de tono pardusco en el medio. Jarrones del tamaño de un fitito en cada rincón y un aroma a feria hippie que te tumbaba.  Pero alguien interrumpió mi análisis. Una china, también bastante joven, nos invitaba a pasar a lo del maestro. Bastante linda estaba la chica. Enrique no le sacaba los ojos de encima, sino hubiese pasado lo que paso, tal vez Quique le sacaba el teléfono, pero no quiero adelantar nada.

Entramos a un salón enorme, adornado por plantas de interior y algunos almohadones. El gran maestro se encontraba  sentado en el suelo a lo “indiecito” con los ojos cerrados. Tenía un aspecto extraño, como una especie de “Señor Miyagi” pero con cabellos y bigotes larguísimos. Un sombrero largo y raro de color purpura con fileteados dorados adornaban su cabeza. Estaba vestido con lo que supongo que era un kimono, del mismo tono. No estaba solo, en cada uno de los rincones había otros dos orientales, sentados de la misma forma. Antes nos habían hecho sacar los zapatos y la alfombra era tan mullida que uno se hundía en ella. La señorita nos dejó en frente del gran maestro sin pronunciar una palabra. Nos sentamos imitando su posición y permanecimos en silencio por algunos minutos, que parecieron años.

—Hijos míos ¿Qué los trae por acá? —dijo por fin el anciano oriental en un acento porteño difícil de creer, todo sin abrir los ojos.

—Oh gran maestro —tomo la iniciativa Enrique— necesitamos echar luz sobre una duda existencial —hizo una pausa larga mi amigo.

—Prosigue hijo —inquirió el viejo, sin abrir los ojos aun.

—Tal vez esta consulta le parecerá algo fuera de lugar —Enrique buscaba palabras en su cerebro—  pero sin embargo con su vasta sabiduría usted nos ayudara.

—Pregúntame sin miedo —dijo el anciano. Puedo jurar que dijo esto con un acento de molestia, por el rodeo que le daba mi amigo.

—El núcleo de nuestra cuestión es la siguiente —dijo tímidamente Enrique— tenemos la necesidad de saber algo elemental en el fútbol. No es una cuestión banal, es algo que tiene que ver con el sentimiento de pertenecía…

—Por favor, dime de una vez —dijo el maestro ya notablemente molesto, aun así no abría sus ojos.

—Este… sí. La pregunta es ¿Cuál es el mejor equipo del mundo? ¿Aquel que tiene más hinchas o ha ganado más campeonatos? —dijo  por fin Enrique.

El viejo no emitió sonido y seguía con los ojos cerrados. Temimos haberlo ofendido con tremenda pregunta fuera de lugar.

—No queríamos importunarlo —me atreví a hablar— con una cuestión así…

Un chistido de uno de los rincones me interrumpió.

—El maestro está meditando una respuesta, su cuerpo está presente, pero su espíritu se encuentra con los dioses —comento uno de los orientales sentado en uno de los rincones. Ante tamaña respuesta, casi me echo una carcajada. Me contuve, no sé cómo. Me parecía una fantochada eso de que se encontraba con los dioses. Enrique por su parte estaba bastante nervioso, densas gotas de traspiración se le desprendían de la frente.  Habrán pasado algunos minutos, los cuales me parecieron insoportables.

—Bien hijos míos —dijo por fin el viejo maestro — han venido al lugar propicio para esta consulta. Porque el fútbol es mucho más que un deporte. Es un sentimiento inagotable. Donde la pasión se despierta y el alma propia se funde con otras almas entrando en una clara interacción con el cosmos.

La verdad que me pareció una boludez enorme eso, una sanata terrible. No sabía si reírme o pararme y rajarme al carajo. Lo mire a Enrique y estaba como en un trance. Los ojos enormes, vidriosos. Pensaba que de un momento a otro se iba a largar a llorar como un chico.

—Ahora la obtención de una copa o un campeonato —prosiguió el maestro— es un logro que no nos da una suma dineraria, pero nos pone felices, es un bien común. En cambio, el ser hincha es un sentimiento de pertenencia, de ser, de compartir con gente que no conocemos una alegría o una tristeza.

Enrique estaba emocionadísimo y movía la cabeza afirmativamente a pesar de que este maestro tenía los ojos cerrados y no lo podía ver. Yo estaba al borde de la fuga, estaba por inventar cualquier cosa para rajarme a la mierda.

—Con  esta incógnita que los acoge —dijo el viejo— hay una única respuesta, por eso hicieron bien en venir a consultarme a mí. Yo les voy a decir. El mejor equipo del mundo, es el equipo del cual uno es hincha. Ese es el mejor equipo del mundo, porque nosotros nos sentimos parte de él, gane o no gane, uno lo defenderá con la vida porque ese equipo nos pertenece y nuestra alma…

Una risotada fuerte de uno de los chinos del rincón interrumpió al maestro, este arqueo una ceja, todavía seguía sin abrir los ojos. Tanto yo como Enrique estábamos sorprendidos.

—Disculpen a uno de mis discípulos —se disculpó el maestro— cuando medita mucho, uno de los reflejos es reírse. Lo cierto es que uno no necesita ni de muchos aficionados ni de muchos títulos para poder sentir una brisa de espiritualidad…

—Típico pensamiento de equipo chico que no gano un carajo —interrumpió uno de sus discípulos, alojado en el rincón

—Dígale la verdad, deje de mentir—arremetió el otro chino.

El rostro del “gran maestro” se transformó y por fin había abierto los ojos.

—Claro, el señor es hincha de un equipo que no llena la cancha y tiene que salir a inventar —siguió en tono irritado el chino.

—Usted es hincha del Fukuyama DC por eso da esa respuesta de amargo — espeto el otro— ya le mintió a mucha gente, pero con el fútbol no se lo vamos a permitir.

—Sin copas, sin hinchas y mentirosos — dijo el otro con un acento que rozaba el “argentino”— usted y su equipo no existen.

El gran maestro se irguió tranquilamente, se acercó ambas manos a la zona genital y los insultó, aparentemente en chino, a los otros dos. Estos se levantaron inmediatamente y gritaron en su idioma, como enojados. Uno de ellos tomo una pequeña figura de cerámica y se la revoleo al maestro, lo cual le abrió la frente, bañando de sangre al gran iluminado. Con Enrique dimos un respingo, abrimos la puerta y salimos corriendo sin dar crédito a lo que pasaba. Mientras bajábamos por las escaleras se escuchaban varios gritos en chino. Por fin llegamos a planta baja, salimos todos sudados ante la atónita mirada del portero. Por fin nos subimos al auto de Enrique.

Habrán pasado fácil como quince minutos. Ninguno de los dos decía nada de lo que había sucedido. A Enrique se lo veía bastante perturbado por lo ocurrido.

—Mira que yo pensé que los chinos eran fríos eh —me atreví a romper el silencio.

—El fútbol tiene esas cosas, gordo —me respondió Enrique, retomando su habitual calma—, es un deporte que despierta una pasión extrema en cualquier lugar del mundo.

—Despues nos dicen a nosotros, los argentinos —le conteste desganado.

— ¿Sabes una cosa gordo? — dijo Enrique en tono serio—  Nunca nadie se va a poner de acuerdo en estas cosas.

—Y no —respondí vagamente.

—Además —prosiguió Enrique— lo más lindo que tiene el fútbol son estas cosas, este tipo de discusiones alimentan el folclore. Quien tiene más hinchas, que vale más. No hay ni brujas, ni gurúes, ni hechiceros que te puedan decir la posta sobre esto. Es parte del folclore del fútbol y la verdad, es que es hermoso.

—En lo único que estamos todos de acuerdo es que Raúl es un pecho frio —acote, mientras me acomodaba en el asiento. Doblamos por la 9 de Julio. Comenzamos a lidiar con el caótico transito porteño de las tardes.

A. Schweinheim

Obra publicada, expediente Nº 510614, Dirección Nacional de Derechos de Autor.

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