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Esa noche me puse a buscar más datos por internet. Yoshiro Khal era una eminencia, un gurú de lo mejor que había en la actualidad. En efecto, era chino pero durante toda su juventud vivió en Japón, donde encontró su vocación de gran maestro. No se llamaba Yoshiro Khal, sino que su nombre verdadero o de nacimiento, era Liu Hang Kung. Era como nos habían dicho, unos de los cerebros más brillantes de oriente, recorrió más de 120 países hasta que recalo en la Argentina, en donde dijo que se quedó por la espiritualidad de su gente. Me sonaba medio chanta, pero el tipo salió en la tapa de la revista Times una vez  y además, según leí, estuvo a esto de ganar un nobel de la paz.

El día de la consulta, habíamos quedado que Enrique me iba a pasar con su auto. El edificio donde Khal atendía a sus devotos quedaba en Palermo, por la avenida Libertador, ningún boludo era el gran maestro. Enrique venia vestido con una chomba pique amarilla, pantalones de corderoy verde y unos anteojos oscuros. Era un bacán. Yo en cambio parecía un elemento representativo del sistema capitalista. Traje gris, con una corbata al tono, desanudada casi hasta el pecho. Subí al auto de Enrique y enfilamos por la avenida 9 de Julio. Hicimos Santa Fe, hasta Callao y ahí, Libertador. En el viaje, cortito pero con bastante tránsito, hablamos de los muchachos, de lo pechofrio que es Raúl y de esta entrevista. A Enrique se lo notaba bastante contento por ver al gran maestro. Se notaba a leguas que su amor por la Hippie todavía no había mermado.  Habíamos llegado. Era un terrible edificio, un castillo moderno de la hostia. A uno no le alcanzaba el cuello para ver el edificio entero. No era todo propiedad del chino este, obviamente,  él vivía en el último piso y había hecho una especie de santuario en la terraza, donde recibía a sus “alumnos” o a los boludos como nosotros que lo íbamos a consultar.

Bajamos del auto, Enrique se acercó al portero eléctrico, que brillaba más que la misma tarde. Una voz metálica con un acento netamente oriental nos invitó a pasar, el chillido de la puerta nos avisó que debíamos entrar. El ascensor era tan espacioso que tranquilamente podríamos jugar un picadito de futbol 5 ahí. El ascensor se detuvo y abrió sus puertas con la suavidad de dos almohadas. Una vez en el pasillo, giramos hacia la derecha y nos paramos frente a la puerta de madera que era más baja de lo normal. A los lados había dos dragones o lo que yo imaginaba que eran dragones. Uno tenía abajo de su pata delantera derecha, una pelota. Enrique me dijo que no era una pelota, sino una perla de no sé qué mierda, que era un símbolo de la cultura asiática. La verdad es que me dijo su nombre, pero no lo recuerdo.

Nos recibió una persona joven. Aunque sinceramente es medio difícil adivinar la edad de un chino. Estaba vestido con una bata, pero tenía una especie de faja. Enrique a la vuelta me diría que eso se llama “pien-fu”. El chinito se sonreía por todos lados. Nos invitó a sentarnos en un espacioso recibidor. Nos preguntó si queríamos tomar algo. Tanto Enrique como yo, nos negamos cordialmente. El chinito nos comentó que el gran maestro estaba terminando de meditar y que ya nos guiaría a su lugar. Hubo un silencio incómodo. Yo observaba la decoración del lugar. Había una gran alfombra persa de tono pardusco en el medio. Jarrones del tamaño de un fitito en cada rincón y un aroma a feria hippie que te tumbaba.  Pero alguien interrumpió mi análisis. Una china, también bastante joven, nos invitaba a pasar a lo del maestro. Bastante linda estaba la chica. Enrique no le sacaba los ojos de encima, sino hubiese pasado lo que paso, tal vez Quique le sacaba el teléfono, pero no quiero adelantar nada.

Entramos a un salón enorme, adornado por plantas de interior y algunos almohadones. El gran maestro se encontraba  sentado en el suelo a lo “indiecito” con los ojos cerrados. Tenía un aspecto extraño, como una especie de “Señor Miyagi” pero con cabellos y bigotes larguísimos. Un sombrero largo y raro de color purpura con fileteados dorados adornaban su cabeza. Estaba vestido con lo que supongo que era un kimono, del mismo tono. No estaba solo, en cada uno de los rincones había otros dos orientales, sentados de la misma forma. Antes nos habían hecho sacar los zapatos y la alfombra era tan mullida que uno se hundía en ella. La señorita nos dejó en frente del gran maestro sin pronunciar una palabra. Nos sentamos imitando su posición y permanecimos en silencio por algunos minutos, que parecieron años.

—Hijos míos ¿Qué los trae por acá? —dijo por fin el anciano oriental en un acento porteño difícil de creer, todo sin abrir los ojos.

—Oh gran maestro —tomo la iniciativa Enrique— necesitamos echar luz sobre una duda existencial —hizo una pausa larga mi amigo.

—Prosigue hijo —inquirió el viejo, sin abrir los ojos aun.

—Tal vez esta consulta le parecerá algo fuera de lugar —Enrique buscaba palabras en su cerebro—  pero sin embargo con su vasta sabiduría usted nos ayudara.

—Pregúntame sin miedo —dijo el anciano. Puedo jurar que dijo esto con un acento de molestia, por el rodeo que le daba mi amigo.

—El núcleo de nuestra cuestión es la siguiente —dijo tímidamente Enrique— tenemos la necesidad de saber algo elemental en el fútbol. No es una cuestión banal, es algo que tiene que ver con el sentimiento de pertenecía…

—Por favor, dime de una vez —dijo el maestro ya notablemente molesto, aun así no abría sus ojos.

—Este… sí. La pregunta es ¿Cuál es el mejor equipo del mundo? ¿Aquel que tiene más hinchas o ha ganado más campeonatos? —dijo  por fin Enrique.

El viejo no emitió sonido y seguía con los ojos cerrados. Temimos haberlo ofendido con tremenda pregunta fuera de lugar.

—No queríamos importunarlo —me atreví a hablar— con una cuestión así…

Un chistido de uno de los rincones me interrumpió.

—El maestro está meditando una respuesta, su cuerpo está presente, pero su espíritu se encuentra con los dioses —comento uno de los orientales sentado en uno de los rincones. Ante tamaña respuesta, casi me echo una carcajada. Me contuve, no sé cómo. Me parecía una fantochada eso de que se encontraba con los dioses. Enrique por su parte estaba bastante nervioso, densas gotas de traspiración se le desprendían de la frente.  Habrán pasado algunos minutos, los cuales me parecieron insoportables.

—Bien hijos míos —dijo por fin el viejo maestro — han venido al lugar propicio para esta consulta. Porque el fútbol es mucho más que un deporte. Es un sentimiento inagotable. Donde la pasión se despierta y el alma propia se funde con otras almas entrando en una clara interacción con el cosmos.

La verdad que me pareció una boludez enorme eso, una sanata terrible. No sabía si reírme o pararme y rajarme al carajo. Lo mire a Enrique y estaba como en un trance. Los ojos enormes, vidriosos. Pensaba que de un momento a otro se iba a largar a llorar como un chico.

—Ahora la obtención de una copa o un campeonato —prosiguió el maestro— es un logro que no nos da una suma dineraria, pero nos pone felices, es un bien común. En cambio, el ser hincha es un sentimiento de pertenencia, de ser, de compartir con gente que no conocemos una alegría o una tristeza.

Enrique estaba emocionadísimo y movía la cabeza afirmativamente a pesar de que este maestro tenía los ojos cerrados y no lo podía ver. Yo estaba al borde de la fuga, estaba por inventar cualquier cosa para rajarme a la mierda.

—Con  esta incógnita que los acoge —dijo el viejo— hay una única respuesta, por eso hicieron bien en venir a consultarme a mí. Yo les voy a decir. El mejor equipo del mundo, es el equipo del cual uno es hincha. Ese es el mejor equipo del mundo, porque nosotros nos sentimos parte de él, gane o no gane, uno lo defenderá con la vida porque ese equipo nos pertenece y nuestra alma…

Una risotada fuerte de uno de los chinos del rincón interrumpió al maestro, este arqueo una ceja, todavía seguía sin abrir los ojos. Tanto yo como Enrique estábamos sorprendidos.

—Disculpen a uno de mis discípulos —se disculpó el maestro— cuando medita mucho, uno de los reflejos es reírse. Lo cierto es que uno no necesita ni de muchos aficionados ni de muchos títulos para poder sentir una brisa de espiritualidad…

—Típico pensamiento de equipo chico que no gano un carajo —interrumpió uno de sus discípulos, alojado en el rincón

—Dígale la verdad, deje de mentir—arremetió el otro chino.

El rostro del “gran maestro” se transformó y por fin había abierto los ojos.

—Claro, el señor es hincha de un equipo que no llena la cancha y tiene que salir a inventar —siguió en tono irritado el chino.

—Usted es hincha del Fukuyama DC por eso da esa respuesta de amargo — espeto el otro— ya le mintió a mucha gente, pero con el fútbol no se lo vamos a permitir.

—Sin copas, sin hinchas y mentirosos — dijo el otro con un acento que rozaba el “argentino”— usted y su equipo no existen.

El gran maestro se irguió tranquilamente, se acercó ambas manos a la zona genital y los insultó, aparentemente en chino, a los otros dos. Estos se levantaron inmediatamente y gritaron en su idioma, como enojados. Uno de ellos tomo una pequeña figura de cerámica y se la revoleo al maestro, lo cual le abrió la frente, bañando de sangre al gran iluminado. Con Enrique dimos un respingo, abrimos la puerta y salimos corriendo sin dar crédito a lo que pasaba. Mientras bajábamos por las escaleras se escuchaban varios gritos en chino. Por fin llegamos a planta baja, salimos todos sudados ante la atónita mirada del portero. Por fin nos subimos al auto de Enrique.

Habrán pasado fácil como quince minutos. Ninguno de los dos decía nada de lo que había sucedido. A Enrique se lo veía bastante perturbado por lo ocurrido.

—Mira que yo pensé que los chinos eran fríos eh —me atreví a romper el silencio.

—El fútbol tiene esas cosas, gordo —me respondió Enrique, retomando su habitual calma—, es un deporte que despierta una pasión extrema en cualquier lugar del mundo.

—Despues nos dicen a nosotros, los argentinos —le conteste desganado.

— ¿Sabes una cosa gordo? — dijo Enrique en tono serio—  Nunca nadie se va a poner de acuerdo en estas cosas.

—Y no —respondí vagamente.

—Además —prosiguió Enrique— lo más lindo que tiene el fútbol son estas cosas, este tipo de discusiones alimentan el folclore. Quien tiene más hinchas, que vale más. No hay ni brujas, ni gurúes, ni hechiceros que te puedan decir la posta sobre esto. Es parte del folclore del fútbol y la verdad, es que es hermoso.

—En lo único que estamos todos de acuerdo es que Raúl es un pecho frio —acote, mientras me acomodaba en el asiento. Doblamos por la 9 de Julio. Comenzamos a lidiar con el caótico transito porteño de las tardes.

A. Schweinheim

Obra publicada, expediente Nº 510614, Dirección Nacional de Derechos de Autor.

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